Si vives y trabajas en una gran ciudad, estás acostumbrado a los edificios altos, las grandes avenidas, las grandes concentraciones, hipermercados, colas, oficinas, burocracia, grandes atascos, prisas, muchas reuniones, muchas gestiones el mismo día, plazos de entrega imposibles, problemas por resolver, jornadas hiperactivas, miles de mails en tu bandeja de entrada, un ordenador siempre conectado y un aparato en el que no paran de llegar wassaps.
Todo cambia si tus vacaciones transcurren en lugares pequeños, en playas como la de Barro (asturias), a la que accedes por un estrecho camino por el que no caben dos coches, donde sólo hay un chiringuito y nunca está abarrotado. Si descubres restaurantes escondidos como "el sucón", pueblos idóneos para escuchar el silencio, como riocaliente, ardisana, colloto o la galguera o caminos inventados para conversar contigo mismo. Si estás en una casa con dos gatos, dos erizos, algunas urracas y otros ilustres habitantes en el jardín, o en una plaza en la que el bar abre y cierra literalmente cuando le da la gana, experimentas una nueva dimensión del espacio y el tiempo. Nadie tiene prisa. Nada te invita a correr. No necesitas grandes cosas. El tiempo pasa de forma agradable, sin ordenador, móvil, televisor ni twitter. Tu cuerpo y tu mente olvidan la agenda. Los planes se improvisan. No hay horario, ni para despertarte ni para dormir. Cada día se inventa de nuevo. Cambias los claxons por los pájaros. El sms por la conversación larga e interesante. La navegación on line por la lectura. La cena de compromiso por unas mesas de madera al aire libre. El rodaje por un periódico junto a la brisa del mar. El cliente ansioso por un paseo pausado. Las rectificaciones por un puro Don Julián interminable. Si, incluso te puedes aburrir. Pero sabes que todo tu tiempo no está ocupado. Ni tu disco duro. Y sienta tan bien...
Post revisado el 28/07/ 2012
foto : richard wakefield. Playa de Barro, cerca de Llanes, Asturias.